| Los cronistas no
usan corbatas |
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| Autor: José Alejandro Rodríguez |
| Medio: Periódico Juventud Rebelde. La
Habana, Cuba. www.jrebelde.cu |
| email:
joseale@enet.cu
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GÉNERO CRÓNICA----
Cada año ciertos cronistas se encuentran en la hermosa ciudad de
Cienfuegos, para preguntarse entre todos cómo anda la crónica; si
morirá irremisiblemente de contaminaciones melifluas, de ingesta de
cursilería, del virus del didactismo o del sarampión de la
barricada consignista, tan vasta y basta en muchas redacciones.
Ya estamos a punto de hacer un manifiesto para vindicar la
singularidad y
sutileza de ese, el más humano de los géneros periodísticos; de
oponernos a
esa sobadera con que se le trata e irrespeta; de declararles la
guerra a
esas maquiladoras de ridículas y primarias emociones -más bien ¿eh?,
¿mociones?- en nombre de esa delicia narrativa.
La crónica nace de vez en vez, raramente; algo así como la cópula
anual
de los cocodrilos, que ese día estremece los pantanos. Pero en las
redacciones hay quienes se empeñan en parirlas con prodigalidad de
curieles,
mientras algunos editores las planifican y encargan como a cajitas
de congrí
y bistec a 25 pesos. Las solicitan por serie, y hasta acreditan para
la
crónica, como si hubiera credencial para emocionarse y conmover.
Y ahí van esos escribanos a premeditar cerebralmente la crónica.
O más
bien la "croác-nica". Sí, porque lo que hacen es croar. Y si no
brota, le
aplican fórceps mentales a cualquier motivo de la realidad, por
obvio y
rutinario que sea. Porque su torpeza les hace creer que cualquiera
escribe
una crónica, y no se requiere para ello de una sensibilidad muy
especial,
cultura, estilo muy personal y gracia, ese estado de gracia que el
profesor
Juan Carlos Gil González, de la Universidad de Sevilla, denomina
como "el
artificio de la deleitación", o "el saboreo de las palabras".
Ya a estas alturas o bajíos de la vida, me he topado con cada
distorsión
en torno a ese difícil género que el gran cronista argentino Martín
Caparrós
califica como "un lujo narrativo". Ya estoy curado de espanto con
ciertos
disparates que alguien muy agudo acuñara como "lirismo
agropecuario", para
calificar esos arrestos emotivos en torno a una tarima con chorizos
y
grasientos lomos de cerdo, por ejemplo. ¿Y qué me dicen de las
catarsis
"poéticas" en torno a rutinarias reuniones, balances, informes
administrativos y otras contingencias burocráticas? ¿Cómo se podrá
hacer la
crónica de un control y ayuda o el balance de un ministerio?
¿Y adónde van a llegar los ungidos de la grandielocuencia, con
arrebatos,
venas a reventarse y síncopes que pretenden trasuntar los latidos
del país y
del mundo, cuando el misterio y el encanto de la vida está casi
siempre en
un hombre común, en una esquina o un perdido rincón por un atajo, en
un
pequeño y curioso detalle?
Los auténticos cronistas no viven de la crónica, y hacen otros
mil
malabares en el periodismo, por cada privilegio de contar una
historia
insólita desde el prisma de la sensorialidad y la emoción, desde la
mirada
propia. Es un género súbito, pero tan auténtico y personal, tan
sutil, que
no admite estandarizaciones ni mimesis; no resiste fórceps ni
usurpaciones y
engaños. El tufo se le siente a cada engendro...
Los cronistas de ADN, cuasi genéticos, no se creen cosas ni mucho
menos.
Van por el mundo deslumbrándose, asombrados, observándolo todo y
sintiéndose polvo en el viento que llegue a cada quien. No miran por
encima del hombro.
No se creen ombligos ni aspiran al poder y el mando. No
hablan desde una
atalaya, ni parapetados tras muros de prejuicios. No regañan ni
sientan
cátedra. Buscan los raros tesoros de la vida, distinguen las luces y
las
sombras de la realidad, por los callejones y no por las grandes
autopistas.
Susurran, no gritan. Confiesan al oído, no declaman. Están en el
barrio, la
cañada, entre la multitud. No se mueren de envidia por los grandes
salones, ni usan corbatas ni portafolios. Llevan su verdad en cueros
y con
las manos en los bolsillos del alma, ansiosos de belleza y justicia.
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