REDACCIÓN Y ESTILO----
Encarecida y exigida por el ejercicio del periodismo, la claridad
deriva hacia las oscuridades sintomáticas del vacío. Se ha
extraviado entre los remos de los lugares comunes. Y a su
transparencia estilística –requisito insoslayable de los textos
informativos- le ocurre lo que a ese cuadro que, según una anécdota
a mi parecer apócrifa, colgó el gran Leonardo en una plaza de
Florencia con este letrero: “Todo el que le encuentre un defecto que
lo corrija.” Al atardecer, no había cuadro: solo una mancha de
pintura.Pongamos las cosas más en claro. El lugar común compone
un recurso millonariamente visitado con el cual se resuelven todas
las urgencias de la redacción. Equivale a las “letras de caja” que,
cuando la tipografía se “paraba” en plomo y se imprimía
directamente, resolvían las urgencias del cierre en el taller. Con
ellas, habitualmente, los cajistas componían los titulares. Todo se
reducía a abrir una o varias gavetas y seleccionar los tipos
prefabricados.
Hoy, a pesar de la
digitalización y el consiguiente desmedro de la máquina de escribir,
el bolígrafo y el papel, uno no redacta mejor. Tal vez más
rápidamente. Pero el oficio periodístico, el solitario acto de
escribir una cuartilla clara, concisa e interesante, con cuatro o
cinco datos básicos, consiste para ciertos profesionales en hilvanar
frases de caja. Como si la claridad y la originalidad se repudiaran.
La guerra contra los
lugares comunes no es reciente. Los tratadistas del estilo
periodístico siempre han condenado el abuso del cliché.
Contemporáneamente, Umberto Eco ha puesto su lucidez a meditar sobre
la prensa. Y en Cinco escritos morales (Ed. Lumen, 2000)
descubre que la prensa italiana ha evolucionado hacia un lenguaje
críptico pretendiendo hacerse entender por la gente. El semiólogo
italiano encargó a sus alumnos una encuesta para comprobarlo. Y “en
un solo artículo del Corriere del 11 de enero de 1995”, la
indagatoria contabilizó “la siguiente lista de frases hechas: ‘La
esperanza es lo último que se pierde’, ‘Estamos en un callejón sin
salida’, ‘Dini anuncia sangre, sudor y lágrimas’, ‘El presidente
está en pie de guerra’, ‘Lo han hecho tarde, mal y nunca’, ‘Pannela
pone el dedo en la llaga’, ‘El tiempo aprieta, ya no pueden doler
prendas’, ‘Habremos perdido nuestra batalla’, ‘Estamos con el agua
al cuello’.”
De acuerdo con Eco,
en la República del 28 de diciembre de 1998 aparecieron
otras: ‘”Hay que nadar y guardar la ropa”, “Quien mucho abarca poco
aprieta”, “De los amigos me salve Dios”, “Lo hecho, hecho está”,
“Mala hierba nunca muere”, “Volvamos al buen camino”, El índice de
audiencia se ha desplomado”, “Perder el hijo del discurso”, “Abrir
los ojos”, “Sale malparado”… “No se trata de un periódico
–apostilla el autor de El nombre de la rosa-, se trata de un
refranero.”
Uno, recordando sus
lecturas en periódicos cubanos, podría enriquecer la lista. Y así
anotaría: “Se fundieron en un abrazo”, “Rendirán merecido homenaje”,
“Las jornadas a pie de obra”, “Los parámetros de eficiencia”, “Ha
demostrado con creces”, “Tocó a su puerta”, “La calidad requerida”,
“Los retos que hay que enfrentar”, “El futuro luminoso”, ”Un pasado
que no volverá”, “Revolviéndose en su tumba”, “Una ventana al
mundo”, “La dulce gramínea”, “El ultramarino pueblo de Regla”, “El
más joven relevo”… Y mil más con parejo cansancio.
La claridad y la
frase hecha sí suelen repelerse. El estereotipo, en primer término,
acusa la carencia de originalidad y una sobredosis de facilismo,
además de manifestar un menosprecio a las posibilidades estilísticas
del enunciado periodístico. Desde el punto de vista de la claridad
–condición dominante de lo periodístico- los lugares comunes tienden
a diluir el significado de las palabras de modo que, en lo que
intentaba ser claro, anochece. Existe una óptica vivencial,
práctica, que establece que lo excesivamente exterior no se ve, es
decir, lo más oculto es aquello que, estando a la vista, se confunde
en el orden de la rutina visual. Y por ello la frase hecha, que
presume de ser clara y comprensible para todos, tiende a perder
expresividad, capacidad de sugerencia, hasta nulificarse en un
código ocultista.
Veamos esto:
Los trabajadores
de la Brigada 25 del Sindicato de Comercio y Gastronomía
materializaron ayer un sueño largamente acariciado, cuando
completaron en menos de quince días el millón de arrobas de la
dulce gramínea, base de la economía cubana, y cuyos tallos serán
convertido en azúcar con la calidad requerida, mediante el
espíritu de vanguardia que hace a los azucareros del CAI Melanio
Hernández enfrentar los retos de un futuro luminoso,
como insomnes centinelas del bienestar del pueblo.
Esta histórica victoria en la actual contienda
repercutirá en los parámetros de eficiencia que tienen que
distinguir a nuestra primera industria. Tras del arribo al
millón, los trabajadores, agrupados, cantaron las notas de
nuestro Himno Nacional y luego todos se fundieron en un
abrazo.
¿Qué dice? Todo y
nada. Mucho y poco. El exceso de estereotipos, de automatismos
estilísticos, lo convierte en un párrafo comprensiblemente vacuo.
Pretende decir algo, pero el encapsulamiento de las ideas en
patrones archiutilizados deja un regusto de insustancialidad
informativa. Ocultos permanecen, entre tanta evidencia inexpresiva,
los valores más significativos de la noticia.
Dicho con rotundez:
Así uno escribirá fácilmente. Pero mal.
Habrá que recordar,
pues, que el periodismo es una formación abierta. Pluriestilística.
Y su función de informar y comentar la actualidad, lo enyuga a la
necesidad de solicitar empréstitos léxicos y tropológicos de otras
estilos con el propósito de encontrar un lenguaje estándar,
generalmente comprensible. Pero sus límites no implican
limitaciones. Todo lo contrario. Su compromiso de construir
enunciados, además de claros, interesantes, lo impele a pedir
prestado a la función estética de la literatura. ¿Quién podrá
defender que en la prensa solo importa lo qué se dice y no el cómo
se dice? Prensa aburrida, sin creatividad, poco influirá en los
receptores. El equilibrio entre lo significativo y lo expresivo
asegura, en cambio, la atención.
Permítanme resumir.
Lo desmesuradamente claro, lo absolutamente comprensible, directo, a
veces resulta empobrecedor. Uno ha de tener en cuenta que el
pensamiento y su expresión lingüística –en particular la expresión
periodística- parten de la acumulación histórica de la cultura, y
una de cuyas premisas, según el decir de Horacio, es la claridad
(hablamos y escribimos para ser entendidos). Pero también es
primordial el enriquecimiento sensible de lo enunciado. Hablar o
escribir con cincuenta palabras o cincuenta imágenes que todos
comprendan, equivaldría a proscribir, con el tiempo, el pensamiento
y la lengua. Y, sobre todo, la claridad.
Al final solo se
oirá o se leerá una mancha de pintura.
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