La Tecla. Sitio de los periodistas cubanos para el debate y reflexión sobre temas teóricos-profesionales
Cuba,
De escribir y otros demonios
 
Autor: Yoelvis L. Moreno Fernández
Medio: Facultad de Comunicación. Universidad de Las Villas. Villa Clara. Cuba
email: amoreno@etecsa.vcl.cu
 

Redacción y Estilo REDACCIÓN Y ESTILO---- Por unos minutos antes de ponerle alma, manos y teclazos a la obra, pensé en abandonar la cuartilla. Luego supuse que la derrota no me haría feliz durante largo tiempo, tal vez por no saberme capaz de aconsejarme a mí mismo y de decirme las verdades sin medias tintas. Sencillamente, ¿puedes o no puedes? Nada más.

Recordé entonces esos primeros intentos en papel, cuando creía que escribir bien era solo ordenar ideas de manera coherente y con una sintaxis impecable. Aunque todavía queda mucho por aprender-yo diría que todo-la salud del aquel principiante de metáforas recargadas y adjetivos por doquier ya no es la misma. Por supuesto, aquejada aún, pero con un buen diagnóstico de sus fortalezas y debilidades.

Con razón cualquier lector pudiera intuir un absurdo en todo esto, si contrapone esa mejora de la que hablo, con mis incertidumbres confesas frente a la hoja en blanco. Y es que tal paradoja no resulta una cuestión exclusiva de los recién iniciados, ni tampoco privativa de las plumas más consagradas. Del propio Gabo, por ejemplo, leí en una ocasión un artículo en el que declaraba sentirse preocupado al afrontar el comienzo de un texto. ¿Será en este caso el no saber redactar la causa de sus titubeos? Inexplicable, verdad.

Justamente, los halos creativos siempre han intentado desafiar el espacio común, la rutina, las convergencias. La proeza de contar historias y de reseñar sucesos, necesita de alicientes pasionales y de experimentar todo cuanto existe en el itinerario humano de las sensaciones, de las que muchas veces nos burlamos. Créalo, hasta vivir los hechos más espeluznantes y menos felices nos hacen cada día mejores.

Si esto no ocurre, la lógica de pensamiento se traspapela en medio de una policromía discursiva que no agota la generalidad de los recursos. El producto mismo da fe de una técnica depurada pero no vivencial, creíble, auténtica. Es entonces cuando el trabajo no parece haber nacido por parto natural, sino como resultado de un aborto forzoso, en el que la inspiración luce desvencijada.

Hay esencias compartidas con el andar diario que van más allá, incluso, de esa persecución constante de oraciones subordinadas y frases compuestas a la que nos adoctrina la academia.

Llevo presente la anécdota de un colega amigo, a quien en una oportunidad de práctica su tutor  le recomendó olvidar por un momento las normas del lead para enseñarlo a «escribir solo con el corazón». Quizás este consejo peca un tanto de absoluto, aunque no deja de tener sus razones prácticas. Ahora también viene a mi mente la sentencia de una vieja profesora, de la que en una ocasión escuché decir en tono jocoso pero profundo que «hacer periodismo no es hacer croquetas de pescado». Y claro está, a lo mejor esas tortas de masa de marisco confeccionadas bajo el mismo molde queden más sabrosas cuanto más parecidas. Pero la crónica o la simple información del reportero no. A estas últimas le hacen falta otros condimentos, otros aliños subjetivos que no se logran con tan solo cuidar la forma.

Los primeros días del 2007 trajeron consigo la celebración, un tanto tardía pero segura, del VIII Festival Nacional de la Prensa Escrita. El festejo grande de los que tiñen con sueños y desvelos nuestra prensa de periódicos y revistas. La riqueza dialógica del encuentro atinó sus matices a favor de un ejercicio responsable, de crítica leal, desenfadada, sin ese lenguaje laudatorio carente de música y originalidad que poco o nada representa para quien nos lee.

Una opinión no se avala con esbozar una estructura predeterminada, ni abaratar conceptos usando frases tribunicias que todos conocen y repiten; mucho menos preocupándonos nada más por las palabras repetidas o por estilos incuestionables expuestos a la luz de los manuales.

En cambio, si antes de hilvanar ideas nos  preguntamos por dónde va la realidad, y le ponemos a nuestros relatos brazos, piernas y sentimientos, de seguro la prosa resultante tendrá un sabor diferente, mucho más digerible. Sé que mis impaciencias no discurren inadvertidas entre los colegiales del gremio periodístico. A la vuelta de un lustro tampoco estarán resueltas las porfías del profe con nosotros, ni los conflictos del libro.

Afirmó el Apóstol como una de sus tantas profecías que «el eco del alma dice cosas más hondas que el eco del torrente». Ojalá podamos darle riendas a la vida para que ella misma ponga la pluma en nuestra mano y nos aleje del ridículo impulso de abandonar la cuartilla.

Y bien, ni un minuto más para cerrar los ánimos y ponerle los últimos teclazos a ¿la obra?

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