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REDACCIÓN Y ESTILO----
Muchos continúan pensando que el mejor español es que se habla en
Madrid y con ese criterio imitan el léxico de esta comunidad; pero
los tiempos han cambiado...
Mucho se habla de la necesidad de cuidar el idioma y también se
debate acerca de si los cubanos hablamos —y escribimos— bien el
español, tema de gran importancia para los comunicadores.
Dos consideraciones al respecto es necesario tener en cuenta:
primero, cuando nos referimos al uso del español en Cuba debemos
deslindar con cuidado hasta dónde hablamos propiamente de la
realización de la lengua y hasta dónde de problemas de educación
formal; segundo, cuál es el paradigma que consideramos como
correcto.
No quiero extenderme acerca de los problemas de educación formal que
no son idioma; aunque no puede obviarse el hecho real de que la
lengua es también reflejo de nuestra conducta social. Como bien
expresó Nuria Gregori Torada, directora del Instituto de Literatura
y Lingüística, “El descuido, la chabacanería, la violencia verbal,
fenómenos hoy lamentablemente tan extendidos, son hechos de conducta
social que debemos rechazar todos: la familia, la comunidad, la
escuela, los medios de difusión”.1
Sin embargo, quiero profundizar en lo relacionado con el paradigma.
Hasta hace relativamente poco se consideraba como tal, el habla
culta madrileña; pero ya está claro para todos que la inmensa
mayoría de los hispanohablantes vivimos del lado de acá del océano y
también que cada comunidad tiene su propia variante del español y
dentro de ella, su propio paradigma.
La Real Academia de La Lengua Española se apresta —cada vez más— a
aceptar en el léxico oficial los americanismos surgidos en las
diferentes variantes habladas por los pueblos latinoamericanos; las
Academias de los pueblos del lado de acá del océano juegan un papel
más activo en lo que a la aceptación de su léxico se refiere, todo
lo cual implica un reconocimiento más pleno de nuestras identidades
nacionales y de nuestra contribución al enriquecimiento de la lengua
común. “[…] Está definido —ha dicho la Doctora Gregori— que el
‘mejor español’ es el que hablan y escriben los hispanohablantes
instruidos de Madrid, Guantánamo, Sevilla, La Habana, Buenos Aires,
Caracas, México DF, Valparaíso, Managua, San Juan, Santo Domingo,
Bogotá, Cartagena de Indias…”.2
Entonces, ¿por qué insistimos en imitar la variante española? El
cubano —alegre y jaranero, pícaro y simpático, imaginativo y vivaz—
se muestra de cuerpo entero en su forma de hablar, reflejo
inequívoco de esa idiosincrasia. Nuestra variante del español es
popular —como lógico reflejo de nuestra real y verdadera democracia—
y siempre pintoresca... De ahí los ocurrentes piropos, la
fraseología popular, el reflejo de nuestro sistema sociopolítico en
la lengua que, de esa manera, contribuimos a enriquecer.
De ahí que hayamos creado palabras derivadas de siglas
—procedimiento inédito— como cederista y anirista. De ahí que
hayamos logrado la aceptación de voces como desertificación —que
aparece ya en el diccionario de la RAE— o policlínico y beisbol
(así, sin tilde) —que aparecen en el Breve diccionario de la lengua
española, elaborado por el Instituto de Literatura y Lingüística y
publicado por la Biblioteca Familiar—. De ahí, que en nuestro
español se conjugue el verbo liderear —recogido en el Léxico Mayor
de Cuba, de Esteban Rodríguez Herrera, publicado en 1959— y se use
mucho más que liderar.
Nosotros no tenemos lengua autóctona que defender —nuestros nativos
fueron exterminados en un genocidio bárbaro y apenas quedan un
puñado de voces incorporadas a nuestro léxico—, situación bien
diferente de la que enfrentan los habitantes de la América
continental —las 1 500 lenguas y dialectos indígenas que existían en
América a la llegada de los españoles ha ido desapareciendo a lo
largo de los últimos cinco siglos—; sin embargo, sí tenemos nuestra
idiosincrasia, nuestra propia y muy definida identidad nacional, una
de cuyas manifestaciones más significativas es, precisamente,
nuestra manera de hablar, nuestra peculiar forma de realizar el
idioma.
Es hora de que todos, y en especial los comunicadores, aprendamos a
defender nuestra variante —aun cuando no esté recogida en
diccionarios, que no es el caso de los ejemplos citados— y digamos
desertificación, policlínico, beisbol, pícher, cácher, jonrón,
liderear, video, computadora y tantas otras voces que integran
nuestro léxico.
El español de hoy se caracteriza, precisamente, por su gran
diversidad léxica y son las normas —ortográficas y gramaticales— las
que le confieren unidad. Estemos conscientes de ello y hablemos, sin
temores ni complejos, nuestro español.
Notas
Nuria Gregori: “En el Día del Idioma”. En Granma, 23 de abril del
2008.
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