Actualicemos, también, el modelo de prensa cubano
El taller de la UPEC en Ciego de Ávila propone debatir sobre el rol del periodismo avileño en el
proceso de actualización del modelo económico cubano, pero creo que esa misión está clara.
También nos provoca a hablar sobre la prensa que tenemos, mas, a esa, aunque no en su totalidad,
la describió el primer secretario del Partido y presidente de los Consejos de Estado y de Ministros,
Raúl Castro Ruz, en el informe central al VI Congreso del PCC como aburrida, triunfalista, formal,
improvisada y superficial.
Quiero, por tanto, detenerme brevemente en el Periodismo que debemos hacer ahora, so pena de,
a la vuelta de unos años, estar sentados aquí, otra vez, para ese entonces con muchísimas más
canas y arrugas, haciendo catarsis colectiva en un espacio cerrado y sin repercusión.
Esa prensa, es mi opinión, también la tenemos identificada, pero nos cuesta alcanzarla. En este
minuto, parece tener más de utopía que de realidad posible.
Creo que los periodistas y quienes los dirigen y orientan que, a la postre considero son
demasiados —de un lado la UPEC (que no decide en las políticas editoriales de los medios) y por
otro el Departamento Ideológico del Partido (que no siempre conoce las intríngulis del Periodismo)—
deben aprovechar el contexto actual y actualizar, también, el modelo comunicativo cubano.
Hace unos días, una columnista del diario Granma exponía algunas razones por las cuales hoy el
periodismo de la Isla cae en las manquedades enunciadas por Raúl.
Se refirió, sobre todo, a la burocracia —un inmenso saco donde caben desde funcionarios públicos
hasta de las organizaciones políticas—, al parecer ajena e inmune, y que niega la información, la
falsea o la demora. Mas, como apuntara un colega, no asumió el medio ni la articulista el mea culpa
de la cobardía que implica no poner en blanco y negro, o frente a las cámaras, a quien, a todas
luces, viola lo reglamentado.
¿He dicho reglamentado? Veamos. El Código de Ética de la UPEC concede a los periodistas, en su
artículo tres, "el derecho a obtener toda aquella información de utilidad pública, así como a realizar
las acciones necesarias a ese fin". Lo conmina, además, "a enfrentarse a aquellos actos de
entidades o personas que obstaculicen el acceso a la información de utilidad pública o constituyan
presiones que limiten en cualquier forma el cumplimiento de su deber profesional y social".
Sin embargo, el mismo documento, impide a los profesionales de la prensa desacreditar a
personas o instituciones. Y pregunto: ¿Si el director de una Empresa se niega a ofrecer datos y el
periodista así lo publica, estaría desacreditándolo?
Más adelante, el Código enuncia que "el periodista no podrá publicar directamente declaraciones o
datos proporcionados por las fuentes con la advertencia explícita de que sirvan de antecedentes
para la labor periodística y no para su publicación". A la luz de hoy, ese artículo es el mejor
eufemismo para justificar las limitaciones en el acceso a la información.
Por último, se le exige al reportero "cumplir la línea editorial y política informativa del órgano de
prensa en que trabaja". Y aunque es cierto que una buena parte de lo que se publica es el resultado
de la interacción directa del medio con la sociedad, otra no despreciable fluye de arriba abajo, como
en tantas esferas de la vida nacional, a veces sin derecho a réplica o consenso.
Además del Código, existe un documento del Departamento Ideológico del CC que estipula que
nadie puede negarle información a los periodistas. Pero a juzgar por lo escrito en Granma, y por las
experiencias aquí acumuladas, tal orientación es letra muerta.
Así, requerimos de un Periodismo que, como quienes lo dirigen y lo recepcionan, entienda que
Ideología no es propaganda, y mucho menos un instrumento coyuntural, sino constructo social,
orgánico, que contribuye a consolidar la hegemonía socialista, entendida así por Gramsci.
Una Prensa que, tantas veces dicho ya suena a cliché, se parezca al ciudadano al que se debe. ¿ O
es que acaso nuestra prensa no debe atender, entender y servir al pueblo? Pero, por otra parte, ¿no
es el pueblo, o una representación de él, quien tiene el poder sobre la información y la capacidad de
decidir sobre ella? ¿Si la prensa es triunfalista, aburrida y superficial no será, entonces, el reflejo
de una sociedad con esos mismos defectos? ¿A cuál ciudadano parecernos? ¿Al que critica lo mal
hecho, incluso la corrupción, pero desde la seguridad de su hogar o una esquina? ¿Al que exige la
valentía, irreverencia y la independencia de compromisos espúrios que le faltan? ¿Al que se sirve de
los errores, falta de control y vista gorda, y los manipula en su beneficio?
Aspiremos y apuntemos, por tanto, a un cambio en el sistema de relaciones sociales que
desemboque, catalizado por la fuerza de nuestro impulso, en maneras más democráticas de acceder
y compartir los bienes materiales y espirituales, entre ellos la información.
Hoy, el o los enemigos, no necesitan leer nuestras páginas o sintonizarnos para enterarse de lo
que ocurre aquí dentro. El secretismo criticado por Raúl se entronizó en demasía en quienes dirigen
y hacen la prensa. La inmutable condición de plaza sitiada nos volvió expertos en la riposta y
perdimos la iniciativa y la creatividad. Se ha dicho que cuesta mucho trabajo cambiar la mentalidad
de los que se acostumbraron a decir hasta aquí. Pero hay que cambiarla. En ello, ayudaría
sobremanera que cada quien, sobre todo los decisores, entendieran y pusieran en práctica, al pie de
la letra, lo dicho por el Primer Secretario del Partido en el Informe al VI Congreso.
Los periodistas cubanos somos capaces, no lo dude nadie, incluso valientes, pero, también, y
sobre todo, disciplinados. Y está claro que disciplinados no significa sumisos, autómatas ni
enajenados, aunque toda regla tiene sus excepciones y, justo es decirlo, un poco de ese
inmovilismo también nos ha traído hasta aquí. Por tanto no se trata de relajar la disciplina, sino
transformar algunos de sus preceptos que se han vuelto arcaicos y lejos de ayudar, entorpecen.
De excesivamente centralizado calificó Raúl al modelo económico cubano y, en mi criterio,
también lo ha sido el modelo de prensa, demasiado ligado a las coyunturas políticas y económicas;
sujeto a los vaivenes del diferendo con el vecino del Norte y sus consecuencias; puesto a los pies,
consciente o inconscientemente, de unos pocos. Huérfano de una legislación que, como en
tantísimos asuntos, regule, organice y dirija el qué, quién, cuándo, dónde, incluso, el cómo, sin
menoscabo de la integridad de la nación y su gente.
Pero de poco o nada serviría una Ley que nazca maniatada por su propio cordón umbilical, del que
no pueda desprenderse, impidiéndole respirar por sí misma, y que reproduzca las formas hasta
ahora inoperantes. Si la escribimos algún día, tendremos que velar porque sea una Ley que beba de
principios revolucionarios y se proponga subvertir los poderes que amordazan y frenan, que
redistribuya la "riqueza informacional", como dijera una querida profesora. De lo contrario, colegas,
seguiremos dándole vueltas al parque, sin sentarnos en la glorieta.
Sayli Sosa Barceló
Periodista Semanario Invasor