Periodismo y literatura: nociones para una epistemología
La relación periodismo-literatura protagoniza hoy una polémica dentro de las Ciencias Sociales en
general, en específico en las teorías de la Comunicación y el Periodismo. La beligerancia expresada
en la zona teórica ha registrado la configuración de una serie de posiciones, algunas muy
contrapuestas.
En el bando contrario a esta tendencia, se encuentran aquellos que opinan que la literatura "mata"
la labor informativa y, por el otro, los que opinan que la relación entre ambas es solo un escarceo
teórico a desechar por una verdadera epistemología del periodismo. A los efectos de esta posición A
no puede ser igual a B ni dar como resultado a C (Cfr. Martínez Albertos, 2006: 219 y ss; Cerón y
Perlaza Rúa, 2009). Otros, en la misma posición, como el profesor español Arcadi Espada, opinan
que dicha conexión constituye una verdadera confusión de patrones, que terminan por impregnar al
periodismo de un carácter relativista y que puede culminar en la desarticulación del oficio (Espada,
2008). En el otro campo se ubican los que respaldan la unión a partir de su experiencia personal y
por las posibilidades creativas y de indagación de la realidad que, en su opinión, abre esa
tendencia.
Sin embargo las manifestaciones del debate no se han remitido solo a la filiación conceptual, sino
que se extienden a su propia definición. Tanto es así que el término de periodismo literario se ha
visto acompañado de otras denominaciones como literatura de no ficción o testimonial y periodismo
creativo. Para el profesor Juan Cantavella, el tema que nos ocupa no es una modalidad y sí un punto
de confluencia entre dos prácticas creativas (Cantavella, citado por Fernández Parrat, 2006: 279);
mientras que para el académico norteamericano Mark Kramer, quien aboga por lo pertinente de la
relación, sería necesario ponderar otro nombre, pues el de periodismo literario parece ambiguo y
más presto a enaltecer las posibilidades de las bellas artes que las del reporterismo en sí (Kramer
en Sims y Kramer, 1995: 21).
En nuestra opinión, una de las causas de la pervivencia de la polémica se halla en que, de acuerdo
con las últimas investigaciones, como la de los profesores españoles Francisco López Pan y Javier
Gutiérrez Palacio, el periodismo literario se configura como una práctica marginal dentro de los
medios (Cfr. López Pan, citado por Gutiérrez Palacio, 2010). No son todos los reporteros los que lo
practican, y su posible temario de preocupaciones se ve desplazado ante temas más visibles para la
sociedad como, entre otros, la libertad de expresión, ética, poder y prensa y dinámicas internas de
los medios. Lo anterior nos conduce a otro problema. Y es que el periodismo literario posee una
identidad asumida, aunque no totalmente construida. A esa tendencia le falta un ejercicio del
pensar, pendiente aún en su total dimensión y a efectuarse en todas sus reglas. "Todavía son
muchas las trabas con que trabaja el periodismo literario en su reivindicación de un espacio en la
prensa diaria", señaló la profesora Montse Quesada (Quesada, citada por Rodríguez Betancourt,
2000: 31) y con esa advertencia se refería, justamente, a las concepciones de un periodismo donde
se privilegia lo informativo o lo propagandístico —según sean los casos— en detrimento de nuevas
formas que posibilitan una mayor capacidad de penetración y comprensión de la realidad.
Como señala Sonia Fernández Parrat (2006), es muy probable que las universidades y el campo de
las investigaciones en las ciencias de la comunicación se encuentren hoy frente a una nueva
interdisciplinariedad, en la que está por sentarse sus bases teóricas y metodológicas. Parte de esa
carencia la apreciamos en el hecho de que la coherencia conceptual de ese tipo de periodismo y sus
marcos delimitadores se basan, por un lado, en el quehacer de importantes personalidades
—muchos de ellos también con participación en el campo de la literatura de ficción— y, por otro, en
la experiencia mostrada al desplegar una serie de recursos que permiten obtener un texto
periodístico con valores literarios. No obstante, el énfasis en esos elementos y la falta de la
consecuente mirada crítica han contribuido a entender al periodismo literario más como un ejercicio
de vocación personal y no como una tendencia en diálogo con las distintas manifestaciones del arte
y del pensamiento contemporáneo. Es a lo que invitaba Norman Sims, profesor de la Universidad de
Massachussets: ubicar al periodismo literario en la perspectiva cultural que en cada geografía le ha
dado origen y forma, como una de las posibilidades para comprender su articulación más global
(Sims, 2009). Esa es, en definitiva, una labor de la epistemología.
Premisas epistemológicas
La epistemología se define como la rama de la filosofía ocupada de los problemas de la teoría del
conocimiento. Ante su preocupación por establecer las relaciones entre sujeto, objeto y sociedad,
ella devino herramienta importante para comprender las interioridades de toda articulación teórica,
los límites, sus métodos y también las vías para conocer la dinámica de los cuerpos teóricos (Bunge,
2007; Saladrigas, 2006). Para la comunicación, el pensamiento epistemológico se convirtió en uno
de los recursos más certeros para definir el estatuto científico del saber sobre los medios e integrar
el conocimiento sobre sistemas y fenómenos diferentes, pero relacionados por ese denominador
común que es el intercambio de información (Martín Serrano, 1990).
Por su carácter delimitador, la epistemología implica la construcción de la identidad teórica de
muchos procesos originados en la realidad y que pueden ser anclados a un empirismo extremo,
incapaz de esclarecer en toda su profundidad la razón de ser de muchos de los elementos internos
que los conforman. En nuestra opinión, este es el caso del periodismo literario y de las razones por
las cuales el escritor español Juan José Millás afirmó con toda justicia que la separación entre
literatura y periodismo es más retórica que real (Silio, 2010).
Una construcción epistemológica del periodismo literario -algo que supera las intenciones de la
presente investigación- se pudiera enmarcar en la indagación de los modelos y recursos utilizados
por los medios de comunicación para representar la realidad y en las maneras en que el producto
comunicativo se articula como objeto fabricado y narración de lo acontecido, premisas expuestas
por el investigador Manuel Martín Serrano en su Presentación de la Teoría Social de la Comunicación
(Martín Serrano, 2009: 22). La pertinencia desde la comunicación social pudiera verse a través de
los siguientes temas:
• ¿Desde el punto de vista del lenguaje, cuáles son los procesos mediadores que permiten el
punto de confluencia entre dos modalidades diferentes y que el resultante final tenga el carácter
literario, así como los modos de expresión más afines al mismo y por qué son estos y no otros?
• ¿Cuáles son los recursos y métodos que le son particulares y lo distinguen de otros semejantes
en el proceso de construcción de la noticia, además de los criterios de objetividad que los respaldan
y su incidencia en la rutina de los medios informativos?
• A partir de lo interior, ¿es el periodismo literario una forma específica de construcción del
lenguaje, que atraviesa horizontalmente las formas genéricas del periodismo dotándolas de una
naturaleza común o, al mismo tiempo, se constituye en forma creativa con repertorios propios y una
visión particular de aproximación a la realidad capaz de definir y transformar la búsqueda de
información por parte del profesional de los medios?
• ¿Qué repercusión social puede originar este modo de hacer periodístico, específicamente en la
recepción del discurso de los medios y en otros usos de la práctica social como la creación literaria
basada en la ficción y el discurso testimonial, entre otras?
• Para el estudio del fenómeno que nos ocupa, ¿cuál podría ser la interconexión de la teoría de la
comunicación y del periodismo con otras disciplinas, como la teoría literaria, la semiótica, la
lingüística y la historia a fin de determinar la integralidad de un fenómeno, interdisciplinario por
definición y con una derivación histórica en su conformación?
Sin que tengan carácter definitivo, las interrogantes expuestas ayudarían —al menos en el caso
cubano— a superar una etapa de adolescencia que argumenta la pertinencia del periodismo literario
por las personalidades que lo han practicado y legitimado, porque las premisas y métodos creativos
son las mismos o en base a que su punto de origen es similar —el uso de la palabra— y el nivel de
gratificaciones del discurso informativo en los lectores es mayor. Todo lo anterior es cierto, pero se
necesita superar la parquedad teórica con que se ha formulado. La ciencia opera no con un carácter
connotativo sino denotativo; lo que también ayudaría a evitar cierta visión extraña, con aire
mecanicista y de élite, mediante la cual la literatura es la que hubiera impuesto sus puntos de vista
en el quehacer de los periodistas (Chalaby, citada por Fernández Parrat: 281), cuando —al juzgar
los criterios de Jesús Martín Barbero— lo que en verdad ha ocurrido es un largo proceso de ósmosis,
con profundas implicaciones en la configuración de matrices culturales para la recepción y
funcionamiento de los medios, y que tuvo una de sus expresiones en la novela realista, publicada en
los periódicos bajo las condiciones de producción de la escritura periodística (Martín Barbero, 2008:
70).
Una construcción epistemológica de ese tipo pasaría, primero, por entender al Periodismo como
práctica compleja, institucionalizada, con rituales organizados y que le otorgan coherencia a su
funcionamiento, en estrecho contacto con la realidad y sometida a múltiples mediaciones en su rol
social. Una segunda postura conllevaría no solo a tener en cuenta el intercambio de recursos
utilizados en la práctica por cada modalidad, sino el carácter interdisciplinario que emana del
necesario cruce de dos cuerpos de conocimiento, como son la teoría literaria y la teoría del
periodismo, este último como campo integrante de la Teoría de la Comunicación.
Por ello, a partir de las premisas expuestas, un estudio de la conexión literatura-periodismo desde
la epistemología tendría que iniciarse con las especificidades de dos prácticas diferentes y bien
delimitadas. Ello se hace necesario por varias razones; entre ellas, por el carácter híbrido del
Periodismo Literario al conformarse mediante recursos, técnicas y presupuestos creativos originados
en saberes distintos. De entrada, sería necesaria una delimitación de ambos cuerpos para
comprender la dialéctica que vertebra la combinación periodismo-literatura, lo que, desde el punto
de vista científico, ciertamente impediría una confusión de patrones como la que preocupaba al
profesor Arcadi Spada, además de ubicar a la ciencia en el camino más corto hacia una verdadera
confusión de patrones. Sin la precisión de las delimitaciones, se perdería en verdad una perspectiva
importante de la visión sistémica del tema que nos ocupa, y es que las fronteras entre
organizaciones y formas son necesarias no solo para especificar una totalidad sino también para
establecer las distinciones y relaciones respecto al entorno que rodea e interactúa con esa totalidad.
(Cfr. Luhman, citado por García Luis, 2004: 27-30).
La propia definición de sistema guarda relación con el concepto de semiosfera, utilizado por Iuri
Lotman para apreciar las complejidades de los procesos culturales en la sociedad. Mientras que para
Bertalanffy, Stuart Hall y Humberto Maturana, el sistema es un todo organizado o complejo, un
conjunto o combinación de cosas o partes, que forman un todo (Solano, citado por García Luis: 29),
para Lotman la semiosfera es una "esfera determinada, que posee rasgos distintivos que se atribuye
a un espacio encerrado a sí mismo" y donde los sistemas "sólo funcionan estando sumergidos en un
continuum semiótico, completamente ocupado por formaciones semióticas de diversos tipos y que
se hallan en diversos niveles de organización" (Lotman, 1996: 11). Un examen comparativo de
ambos postulados nos permitiría establecer las similitudes entre la Teoría de los Sistemas y los
enunciados del campo semiótico propugnado por Lotman. Esas concordancias podrían resumirse en
base a tres líneas generales, las cuales podrían ser:
• la mirada holística e interactuante entre los componentes que conforman y definen un sistema a
su interior.
• la concepción dialógica de los sistemas con otras formas con iguales o distintos niveles de
complejidad, que permite influir y ser influenciados y en consonancia con ello
• el presupuesto de que los sistemas sociales, como formas complejas e integradas no son
aisladas y del todo unívocas, sino que se encuentran mezcladas tanto en el interior como en su
entorno y sus límites pueden superponerse con otras formaciones.
Lotman establece que la semiosfera tiene una doble tipicidad. Primero, en su carácter irregular
por el cual se entiende que las estructuras internas de ese espacio se hallan en movimiento,
constantemente violan jerarquías y establecen otras, se acercan a la periferia de su círculo y entran
en contacto con otras formaciones, lo que origina una estructura amorfa y dinámica. Segundo, en su
carácter delimitado: para el teórico ruso, la delimitación de una frontera irregular —pero frontera al
fin— permite mantener, por un lado, la necesaria homogeneidad que permite la supervivencia e
identidad de un mundo específico y al mismo tiempo posibilitar el intercambio entre formaciones
distintas (Cfr. Lotman: 12-14). En ese mundo dinámico y cambiante se mueven la literatura y el
periodismo.
Periodismo y Literatura: las fronteras visibles
De forma más general, y en sus imbricaciones con la sociedad, una de las primeras diferencias
entre periodismo y literatura surge en que el primero ejerce su función social próximo al poder y el
sistema político, instancias que lo producen y lo reproducen, como observa el profesor Julio García
Luis (2005: 68). Al ser una actividad que cumplimenta el derecho básico a la información, el
periodismo se encuentra directamente conectado a las dinámicas sociales, por lo que su labor se
efectúa a través de múltiples mediaciones, muchas de las cuales inciden de modo directo sobre la
profesión. Por el contrario, la literatura, al ser una manifestación del arte y no responder
directamente a la producción material de la sociedad, se encuentra sujeta a diversos eslabones
intermedios entre la base productora y la superestructura social, lo que garantiza los relativos
niveles de tolerancia y autonomía que disfruta sobre todo en su actividad creadora. Lo anterior no
es gratuito y tiene significaciones profundas, pues los intentos por borrar o contraer esas
mediaciones indirectas han traído consigo la funesta aparición de un objeto cualitativamente
distinto (Sánchez Vázquez, 1973: 113-116).
De lo anterior se deriva el hecho de que la literatura desarrolle su labor creadora en un espacio
relativamente cerrado —al menos, en lo tocante en su ejercicio de escritura—, y a cierta distancia
de los eslabones y niveles de una práctica con carácter institucional como el periodismo. Este, por
su parte, opera con ritmos de emisión, distribución y consumo de carácter seriado y no causal,
como sí lo hacen los géneros literarios.
Ello obedece a que, si bien el periodista y el escritor actúan bajo criterios particulares de
relevancia al momento de seleccionar los temas de su labor, la labor informativa de los medios se
basa en la premisa de atender a las necesidades informativas de un púbico heterogéneo, no
precisado por su número y en condiciones sociológicas distintas (Eco, 2009), y de operar bajo las
nociones de acontecimiento y noticia, donde lo inusual y lo imprevisto llega a ser lo normal y en
ocasiones resulta lo deseado por su carácter relevante. Lo anterior configura una rutina en la que, a
menudo, el discurso puede adoptar formas estandarizadas en las que podría borrarse la noción de
autor (Rak, 2007), algo descartable en las concepciones y prácticas literarias. Al mismo tiempo,
ciertas dinámicas del arte legitiman la presencia de grupos artísticos en los que se privilegia la
función estética y disminuye la orientación del mensaje al receptor (Flaker en Navarro, 1986: 196),
lo cual origina fuertes exigencias para la accesibilidad del texto y su recepción, y el surgimiento del
llamado fenómeno de "poemas para unos pocos, poemas para poetas".
Esa situación sería impensable en el periodismo. Como ya adelantamos, el discurso informativo en
los medios es producto de un trabajo institucionalizado. Esa labor, como bien apunta Miguel Rodrigo
Alsina, implica el manejo de un discurso donde el receptor debe reconocer que se enfrenta a un
texto periodístico, "con todas las implicaciones que esto conlleva, entre ellas el reforzamiento de la
ilusión de referencialidad que ejecutan los medios" (Alsina, 1993: 124). De ahí la importancia de la
función referencial o cognoscitiva de su discurso, al punto de que esta adquiere una preponderancia
decisiva al lado de otras, como la valorativa (del texto científico), lúdrica (historietas, sueltos,
comics) o la estética (en el arte). De lo anterior también se desprende una de las diferencias
cruciales entre ambas modalidades, y son las relaciones que ellas establecen con la realidad. El
escritor y periodista cubano Leonardo Padura ha señalado este punto como la frontera más precisa,
pues el periodismo reproduce y sintetiza el mundo objetivo mientras que la narrativa de ficción lo
podrá reflejar pero nunca reproducir, además de que su discurso es asumido como una construcción
surgida de la imaginación y la libertad creativa del escritor, y como tal es asimilada por los públicos
(Padura, 2006: 11-12).
Esta conexión ha sido quizás el recurso más socorrido a la hora de establecer si no la supuesta
inviabilidad entre estos dos campos creativos, al menos sí las debidas advertencias a la hora de
asumir los recursos de creación literaria en la construcción del discurso informativo en los medios
impresos. Desde el punto de vista del periodismo, uno de los fundamentos de este criterio tiene su
base justa en los criterios de objetividad y en las normas éticas y deontológicas, configuradas por la
responsabilidad social y el devenir histórico de la profesión.
Junto a la polaridad entre ficción y realidad, en el mundo del lenguaje se erige otra categoría no
menos polémica; pero que ha servido para establecer una de las fronteras entre literatura y el
periodismo desde la perspectiva del pensamiento. Nos referimos a la noción de estética. A través de
sus estudios, Jan Mukarovsky, el principal representante del Círculo de Praga, pudo establecer que
el valor estético es el único necesario y predominante para la obra de arte, y que este coexiste con
otros tipos de valores y funciones, que alimentan y definen el producto artístico (Mukarovsky en
Navarro, 1986: 327-328) .
A partir de los principios de la estética se ha comprendido que la obra de arte posee la
peculiaridad de convertirse en signo, esto es mostrar la capacidad de originar múltiples significados
que adquieren sentido con independencia de la realidad (Eco, 1984: 5; Belic, 1983: 71), lo cual se
contrapone a aquellos textos que mantienen una relación estrecha con el contexto que los origina y
que han sido agrupados bajo la denominación de literatura pragmática por el predominio de un
carácter eminentemente denotativo en su discurso. Como se desenvuelve en una dimensión con
relativo distanciamiento de las relaciones de producción, el objeto estético será valorado no por su
valor de uso, sino por la capacidad de concretar determinada visión del mundo y de inquietudes de
la esencia humana (Cfr. Sánchez Vázquez, 1973: 110), contrario a la información, que como
supuesto básico del trabajo periodístico, puede adquirir en las formaciones capitalistas las
connotaciones de una mercancía más.
Otro ángulo a examinar serían las particularidades formales del discurso. Al constituirse en un
objeto artístico a través de su función y valores estéticos, la literatura —y en este caso en sus
formas narrativas— registran, como señala Mukarovsky, una sobreorganización en el interior de su
texto (Mukarovsky, 2000; Flaker en Navarro, 1986), lo cual implica una configuración donde
estructura y contenido establecen una unidad orgánica con una carga de significados, lo cual no es
la norma en los enunciados de carácter pragmático. En medio de esa dialéctica —donde juega un
papel importante la estructuración subjetivo-emocional del autor—, Lotman señala que el lenguaje
poético se complejiza y "permite transmitir un volumen de información completamente inaccesible
para su transmisión mediante una estructura elemental propiamente lingüística" (Lotman, citado por
Péramo Cabrera en Péramo Cabrera, Rodríguez García y Martín Rodríguez, 1992: 61). Ello no es
gratuito. Obedece a que la estética, más allá de su condición de ciencia de lo bello y su cometido de
originar placer, en última instancia se muestra como la esfera de actividad donde el hombre
pretende reafirmarse a sí mismo en su necesidad de expresión y en la indagación de su propia
condición humana. Y es, en ese punto, donde la literatura y el periodismo comienzan a converger.
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Por Luis Raúl Vázquez Muñoz
Juventud Rebelde