Una página en el libro de la vida
¿Qué es la crónica periodística? ¿Quién lo sabe? ¿Quién la hace? ¿Literatura o periodismo? No:
literatura y periodismo. La crónica, como alguien ha escrito, es un "estado de gracia", una creación
de las recreaciones habituales que, cuando se hace bien, sirve tanto a un campo como al otro. No
es, sin embargo, terreno de escritores frustrados o periodistas "elegidos", sino ejercicio honroso
para el que busca en Shakespeare y el que mira en Ramonet.
A veces, perdidos en la "sectorización" —que es la fase más aguda de la enfermedad febril de la
superespecialización— los periodistas cubanos no hacemos crónicas, bien porque atendemos un
sector "no afín" o porque nos creemos incapaces para el género. ¡Grandes errores! Lo que está claro
es que quien no la cultive nunca la cosechará. A la crónica hay que verla como a la mujer
deslumbrante que se ama en silencio: hay que decírselo no sea que un día nos reprochemos, y nos
reproche ella, no habernos declarado.
Claro, también hay que verla como veía José Martí a una parienta cercana. Decía el Maestro que
"la poesía no ha de perseguirse. Ella ha de perseguir al poeta. No es dama de alquiler (...) Es
señora soberana, que ordena erguida. Cuando duerme, duerme". ¿No se les parecen bastante?
"Cronicar" no es escribir con azúcares en el teclado. Nada tiene que ver con la práctica laudatoria
de tantas veces, ni está necesariamente amarrada a ciertas fechas o conmemoraciones porque la
crónica no se puede, no se debe, programar. Ella debe sorprender al periodista y este al editor jefe
y no al revés.
Todos los días "cronicamos", pero a veces no vemos que en los actos y personas sencillas radica la
suprema confirmación de nuestra grandeza como especie. Por eso la buena crónica tendrá picardía,
humor, poesía, suspense, algún toque irónico a veces, "maldad" y mucha bondad, como en la calle,
porque siendo tal vez el género más elaborado, debe ser el más "callejero".
Carl Warren defiende "el impacto en la última línea (...) mantener el secreto hasta la revelación
final" para lo cual el título no debe descubrir sino ser parte de una conspiración para llegar al
clímax. Si el lector no llega a ser lector, o si conoce el final o la forma del final, entonces habremos
escrito otra cosa, tal vez la crónica de una crónica perdida.
El periodista cubano Rolando Pérez Betancourt ha escrito que "el cronista ha de ser periodista,
humorista, filósofo, historiador y hasta poeta. Un gran inventor, en definitiva".
El cronista dispone de más armas que ningún otro escritor: todas las licencias del periodismo y la
literatura —que es como unir las legiones de Julio César con los ejércitos de Napoleón— le son
dadas. ¡Pero hay que saber pelear!
La crónica no es un espejo que reproduce o aumenta la realidad sino un cristal roto por cuyas
grietas podemos "entrar afuera" y explicar el otro lado. Ningún género parece tan idóneo para
fortalecer eso que se llama situación comunicativa. El buen cronista será, a la sensibilidad y el alma
del que lee, tan socorrido como el médico que vigila el colesterol o el mensajero que trae a la
puerta el otro pan de cada día. Uno y otro se buscarán: el lector en la página escrita: el periodista,
en la página en blanco.
Este género se levanta sobre el poder de observación, de modo que es imposible armar una
crónica con los ojos de otro. Tiene un matiz personal que, obligatoriamente, está hecho desde un
"yo" que puede aparecer explícito o no. Por ello, insistimos, no siempre le vienen bien los encargos:
se precisa para satisfacerlos que el editor que encargue tenga la pupila necesaria para apreciar
dónde debe buscarse —porque ella está pero sola no va a aparecer— una crónica.
La crónica es el género de la libertad, pero ¡cuidado!, lo es hasta el punto que, si todo lo acepta,
todo lo niega. Puede ser un pasaje angosto de la gloria al fiasco. No pocos hemos caído en el
camino.
Stanley Johnson y Julian Harris, al defender a cuatro manos el concepto de "crónica especial"
—para mí redundante porque toda crónica lo es— plantean que esta no sigue reglas específicas de
estilo, forma o contenido. "La única regla para escribirla, plantean, es hacerlas interesantes, desde
el comienzo hasta el fin". ¡Casi nada!
Según estos autores norteamericanos, puede hallarse motivaciones para la crónica en lo inusitado,
lo corriente, las situaciones dramáticas y los fines de orientación e información. Suelen ser, según
ellos, descriptivas, narrativas o expositivas, por lo cual, agregamos nosotros, poco tiene para
enfrentarla el periodista que, al menos, no husmee en esas técnicas literarias.
La palabra que nombra este género, ya se sabe, viene del "cronos" griego que significa tiempo.
Nacieron entonces amarradas a la cronología. Se ha escrito que Julio César y Alejandro Magno
llevaban, junto a sus mejores guerreros, a los mejores cronistas, de modo que si los primeros les
garantizaban la victoria en el campo de batalla, los segundos concedían un pasaporte generoso a la
posteridad. Los reyes católicos fundaron las esperanzas de la conquista en algo de dinero, un
puñado de barcos y avituallamiento, espadas, cruces... y cronistas.
Crónica histórica, crónica de caballería, crónicas de viajes, crónicas de Indias: muchas veces algo
mentirosas, pero todas perdurables por sus valores y por ser madres, a su manera, de este género
de opinión, y emoción añadimos nosotros, que hoy nos ocupa.
Vivaldi —¿cómo no citarlo?— define la crónica periodística como una "información interpretativa y
valorativa de hechos noticiosos, actuales o actualizados, donde se narra algo al propio tiempo que
se juzga lo narrado". El cronista, dice este maestro, "no es como el fotógrafo que reproduce un
paisaje; es el pincel del pintor que interpreta la naturaleza, prestándole un acusado matiz
subjetivo".
La crónica es más que la información y la noticia: es noticia precisamente porque da información
personalizada con un lenguaje y estilo que deben superar, en vuelo, agarre y sugerencia, al clásico
periodismo noticioso. Cuando los elementos noticiosos de una crónica caduquen, deben sobrevivir,
intactos, sus valores formales. A diferencia de otro periodismo, la crónica nunca es efímera porque
más que escribir la historia, ella la matiza, la hace humana, creíble y perdurable.
Lograrlo, claro está, no es tan claro; nosotros, al igual que Pérez Betancourt, consideramos a este
"el más difícil de todos los géneros periodísticos".
Si a otros géneros puede pedírseles originalidad, a la crónica no: a ella hay que exigírsela. Es un
ejercicio donde generalmente, escribiendo menos, hay que decir más porque se dice llegando a la
gente no sólo con palabras; también con el dominio consciente o inconsciente de los efectos
psicológicos.
Martín Alonso dice en su Ciencia del lenguaje y arte del estilo que "el cronista ha de comentar lo
que todo el mundo comenta y decir lo que nadie ha dicho".
Cero sermón, cero panfleto. Cuando se impone por fuerza una crónica explícitamente "política o
ideológica" generalmente se dañan el mensaje y el género. Lo más político en la crónica es "elevar"
a ese pedestal en que colocamos otras cosas, a ese ciudadano o acontecimiento comunes que, de
tan vistos, a veces soslayamos. La crónica es, en materia ideológica, como una "retaguardia" que,
estando menos a la vista, tiene las mejores condiciones para barrer las líneas enemigas y llenar el
ánimo de nuestras tropas.
Los mejores cronistas que conozco —y, muy probablemente, los que no conozco también— han
escrito trabajos memorables sobre personas o temas para los que, antes que ellos, casi nadie tuvo
ojos. Julio Camba —claro, hablo de un genio— escribió a principios del siglo pasado excelentes
crónicas sobre la cerveza, la gramática, las salchichas, los policías, las cigüeñas, la cocina, el
champaña, las casas de huéspedes, los bigotes, las tazas de té, las máquinas de afeitar y otras
muchas cosas cuya importancia, para el hombre y para el género, él vio como nadie. ¡Y hay que
leerlo todavía, por encima de muchos de los cronistas actuales!
Otro punto es la síntesis. Aún los que desconfiamos de los extremismos y dudamos que el
dinosaurio que persiste después del sueño sea un cuento; preferimos llamarle, con todo respeto, "el
cuento del cuento", la crónica será mejor mientras más síntesis muestre. No se interprete mal: no
importa lo que tenga en espacio sino lo que contenga en su interior; no la extensión, ni solo la
intensión, más bien la intensidad. Una o diez cuartillas no es lo más importante, sino la capacidad
de concentrar interés humano, de lograr movilización emocional, contundencia comunicativa y
calidad de redacción, cualidad esta última que debe ser como una "hache" bien puesta: estar donde
va aunque no suene mucho.
Fraser Bond dice de ella que "no necesita ser noticia en el verdadero sentido de la palabra, o
basta que contenga un elemento insignificante de noticia. Su fin es despertar emociones en el
lector". La crónica es, en efecto, el género más ambicioso porque no pretende solo decir sino,
además, hacer sentir; sin embargo —¡vaya paradoja!— para lograrlo eficazmente lo primero que
debe sugerir es humildad.
En ese sentido, ella debe ser el príncipe y el mendigo del periodismo.
No hay crónica deportiva, crónica policial, crónica social, crónica cultural ni otras parientas; hay o
no buenas crónicas. Cuando se escriben bien, la gente las recuerda más por los valores en la
ejecución del género —aunque no los domine, claro está— que por el tema en particular.
Ningún otro género confiere tanto poder a quien lo redacta. El periodista asume su criterio, la
palabra del sujeto —y hasta le da una palabra al objeto, en ocasiones—, "construye" su historia
tomando de la realidad y de la imaginación que puede rodear esta realidad, incorpora parte de su
arsenal idiomático y cultural, y enseña parte de su propia sensibilidad para entregar un trabajo que
puede ser más creíble que la más oficiosa información. Si no sale bien, ustedes saben: en vez del
"estado de gracia" que referíamos al principio, quedaremos ante los lectores en "estado crónico" de
comunicación, que es cuando la gente no solo tumba a los dioses, sino también cuando les dedica
cosas malolientes.
La crónica supone sensibilidad, emoción, inspiración, profundidad cultural, capacidad de síntesis e
integración, concentración, originalidad y todo el estilo que el autor se haya labrado en su camino.
Sé que no es nada fácil: hablamos del ideal que solo algunos consiguen, pero todos debemos
perseguir.
No es poco lo que se le pide a la crónica, porque no es poco lo que ella puede. Martí, cronista
mayor, decía, refiriéndose a otra cosa: "...el libro que más me interesa es el de la vida, que es
también el más difícil de leer..." La crónica es una página diminuta, pero imprescindible, en ese
libro.
Enrique Milanés León
Corresponsal diario Granma